Las imágenes de aquel día quedaron grabadas en la memoria colectiva. Pero mientras Estados Unidos respondía a los atentados, también comenzaba a transformarse el orden internacional que se había configurado tras el fin de la Guerra Fría. El 11-S no sólo alteró la política exterior de Washington: modificó las prioridades de seguridad, las relaciones entre aliados y adversarios y la manera en que distintas sociedades comenzaron a interpretar las amenazas, las fronteras y la identidad.
Un cuarto de siglo después, la pregunta ya no es solamente qué ocurrió aquel día, sino qué mundo comenzó a construirse después y cuánto de aquel mundo continúa definiendo el presente.
La seguridad después del 11-S
Una de las primeras transformaciones ocurrió dentro de Estados Unidos. El impacto de los atentados permitió adoptar medidas extraordinarias y ampliar las capacidades del Estado en materia de seguridad, inteligencia y vigilancia.
El Dr. Juan Carlos Barrón Pastor, director del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) de la UNAM, explicó este proceso a partir del concepto de “estado de excepción”, desarrollado por el filósofo italiano Giorgio Agamben. La idea permite entender cómo, ante una situación considerada extraordinaria, un Estado puede adoptar medidas excepcionales para enfrentar una amenaza y cómo, con el tiempo, algunas de esas medidas pueden incorporarse a la normalidad.
El cambio, sin embargo, no surgió de la nada. El Dr. Barrón Pastor aclaró que durante los años noventa ya existían en Estados Unidos debates sobre los límites de la estrategia de contención heredada de la Guerra Fría y sobre la necesidad de anticiparse a amenazas más difusas y transnacionales. El 11-S proporcionó el acontecimiento que permitió llevar esas discusiones a una nueva dimensión.
La Patriot Act, aprobada en octubre de 2001, amplió las facultades de investigación y vigilancia de las autoridades. Un año después, la creación del Departamento de Seguridad Nacional reorganizó buena parte del aparato federal encargado de la seguridad.
Con ello cambió también la lógica de respuesta. Ya no se trataba únicamente de reaccionar ante un ataque, sino de identificar y prevenir amenazas antes de que ocurrieran. Estados Unidos comenzó a desplazar el énfasis desde una estrategia centrada en la contención hacia otra basada en la prevención: el objetivo ya no era sólo responder a un enemigo conocido, sino anticiparse a amenazas potenciales antes de que pudieran materializarse.
Esa nueva concepción de la seguridad pronto rebasaría las fronteras estadounidenses.
La respuesta militar y sus consecuencias
La transformación fue particularmente visible en la política exterior. La respuesta militar comenzó en Afganistán y posteriormente se extendió a Irak. La lucha contra el terrorismo dejó de ser únicamente una operación contra una organización concreta y pasó a formar parte de una estrategia internacional de mayor alcance.
La guerra de Irak representó un punto de inflexión. La intervención abrió una discusión internacional sobre los límites del uso de la fuerza, el papel de Naciones Unidas y las condiciones bajo las cuales una potencia puede recurrir a la acción militar.
Aunque el derrocamiento de Saddam Hussein fue rápido, la posterior inestabilidad iraquí mostró que una victoria militar no necesariamente equivale a estabilidad política.
A corto plazo, explicó el director del CISAN, Estados Unidos consiguió objetivos concretos: derrocó gobiernos, eliminó adversarios y estableció una nueva doctrina de lucha contra el terrorismo. Pero, a largo plazo, las guerras no produjeron la estabilidad regional esperada.
La retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán concluyó a finales de agosto de 2021. Los talibanes habían recuperado el control de Kabul el 15 de agosto, antes de la salida de las últimas fuerzas estadounidenses del país.
Sin embargo, las consecuencias de esta nueva estrategia no quedaron confinadas a los escenarios de guerra. Al modificar las prioridades de Washington, también alteró los equilibrios políticos de las regiones donde Estados Unidos tenía intereses estratégicos, particularmente en Medio Oriente.
Medio Oriente después del 11-S
Los conflictos de la región eran anteriores al 11-S, pero después de los atentados la lucha contra el terrorismo pasó a ocupar un lugar central en la política estadounidense hacia Medio Oriente.
La intervención en Irak y la posterior inestabilidad modificaron algunos de los equilibrios existentes. Irak entró en un periodo prolongado de violencia y fragmentación, mientras Irán encontró mayores espacios para ampliar su influencia regional.
Con los años, esa inestabilidad se conectaría con otros procesos. La guerra en Siria y la expansión del Estado Islámico ocurrieron dentro de un escenario regional que ya había cambiado profundamente.
La relación con el 11-S, sin embargo, no debe plantearse como una cadena directa de causas. La Primavera Árabe, por ejemplo, respondió a problemas políticos, económicos y sociales propios de cada país. Lo que cambió después de 2001 fue el contexto estratégico en el que esos procesos comenzaron a desarrollarse.
El resultado fue un Medio Oriente más fragmentado, con nuevos equilibrios de poder y una mayor competencia entre actores regionales e internacionales.
La transformación también afectó la manera en que Estados Unidos era percibido en la región. La relación con Washington no se explicaba únicamente por los atentados de 2001, sino por una historia más amplia de intervenciones, alianzas y decisiones de política exterior en Medio Oriente. Un análisis de la Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM, “Comunicación y política en la Casa Blanca: el conflicto de Iraq y su repercusión en la opinión pública de Estados Unidos y el mundo árabe”, señaló que la percepción de Estados Unidos en el mundo árabe está estrechamente vinculada con las políticas que la Casa Blanca desarrolla en la región.
El 11-S, por tanto, no fue interpretado de la misma manera en todas las sociedades. Mientras en Estados Unidos predominaban el impacto, el miedo y la necesidad de responder a los responsables, en parte del mundo árabe el acontecimiento fue leído también dentro de una historia previa de tensiones con Washington. Esa diferencia de percepciones contribuyó a profundizar la distancia entre ambas sociedades durante los años posteriores.
La relación, sin embargo, no puede reducirse a una oposición entre Estados Unidos y el mundo musulmán. Las sociedades de Medio Oriente son diversas y sus posiciones frente a Washington han cambiado según los países, los gobiernos y los momentos históricos. Lo que sí cambió después del 11-S fue la intensidad con la que esas percepciones comenzaron a influir en la política internacional.
Y esa transformación en la percepción del otro no quedó limitada a Medio Oriente. También comenzó a hacerse visible dentro de las propias sociedades occidentales.
Seguridad, identidad e islamofobia
El nuevo paradigma de seguridad estuvo acompañado por nuevas representaciones del enemigo. El terrorismo islamista pasó a ocupar un lugar central y, con él, comenzaron a desarrollarse discursos que, en determinados contextos, terminaron alimentando la islamofobia.
La amenaza dejó de estar asociada exclusivamente con organizaciones concretas, como Al Qaeda, para adquirir en algunos discursos una dimensión cultural y civilizatoria mucho más amplia. El islam, la migración y la seguridad comenzaron a aparecer vinculados.
De esta manera, el miedo generado por los atentados no desapareció con el paso del tiempo. Una amenaza que originalmente había sido presentada como un problema de terrorismo internacional terminó teniendo efectos sobre la manera en que algunas sociedades discutían quién podía ser considerado una amenaza dentro de sus propias fronteras.
La transformación de la seguridad comenzó así a tocar asuntos que, hasta entonces, pertenecían a otros ámbitos del debate público: migración, identidad, fronteras y pertenencia.
Y esa lógica tendría consecuencias incluso en países que no participaron directamente en las guerras, pero cuya relación con Estados Unidos dependía de la movilidad transfronteriza.
México ante nuevas prioridades de seguridad
En México, el nuevo escenario tuvo repercusiones particularmente visibles en la relación con Estados Unidos. Después del 11-S, las prioridades de Washington cambiaron y la seguridad adquirió un mayor peso en la relación entre ambos países.
La migración quedó vinculada cada vez más estrechamente con las preocupaciones de seguridad y con el control de las fronteras. Para México, esto significó desenvolverse en un contexto distinto, en el que la relación con Estados Unidos debía considerar tanto la movilidad de personas como las nuevas exigencias de seguridad de su vecino.
El proceso no fue inmediato ni puede atribuirse exclusivamente a los atentados. Un análisis del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, titulado “¿De una nación fuerte a una nación segura? Recuento de la legislación y la política migratoria en México”, explica que la legislación y la política migratoria mexicana han estado vinculadas a los cambios del contexto internacional y, particularmente, a las acciones de Estados Unidos. El estudio muestra también cómo la seguridad nacional fue adquiriendo un peso cada vez mayor dentro de la regulación migratoria mexicana.
De esta manera, el 11-S no significó por sí mismo un cambio completo de la política migratoria mexicana, pero sí formó parte de un nuevo contexto internacional en el que migración, seguridad y frontera comenzaron a estar más estrechamente relacionadas.
Para México, esa transformación tuvo una consecuencia duradera: la migración dejó de discutirse únicamente como un asunto laboral, económico o social y pasó a formar parte, cada vez con mayor claridad, de una agenda bilateral en la que la seguridad ocupaba un lugar central.
El cambio en las prioridades de Washington tampoco quedó restringido a sus vecinos. También puso a prueba la relación con sus principales aliados.
Europa y los cambios en la relación transatlántica
En Europa, los atentados reforzaron inicialmente la cooperación con Estados Unidos. La percepción de una amenaza común fortaleció los vínculos transatlánticos y llevó a distintos gobiernos europeos a respaldar la lucha contra el terrorismo.
Pero la guerra de Irak puso de manifiesto que compartir una amenaza no significaba necesariamente coincidir en la respuesta.
Francia y Alemania adoptaron posiciones mucho más críticas respecto de la intervención, mientras Reino Unido y España estuvieron entre los principales respaldos europeos a Washington. La diferencia mostró que Europa no tenía una posición única frente a Estados Unidos y que la nueva estrategia estadounidense podía convertirse también en una fuente de tensión dentro de la propia alianza occidental.
La discusión, además, no se limitaba a Irak. Para la Unión Europea, el periodo posterior al 11-S coincidió con un proceso de integración en el que también se debatía qué capacidad debía tener Europa para actuar de manera autónoma en el escenario internacional.
La relación transatlántica continuó siendo fundamental, pero se volvió más compleja. Estados Unidos y Europa siguieron siendo aliados, aunque comenzaron a aparecer diferencias más visibles sobre el uso de la fuerza, el multilateralismo y la manera de responder a las nuevas amenazas, comentó el Dr. Barrón Pastor.
El debate sobre la autonomía estratégica europea tampoco nació exclusivamente del 11-S, pero las diferencias provocadas por la intervención en Irak contribuyeron a darle mayor relevancia. La discusión consistía en determinar hasta qué punto Europa debía acompañar las decisiones de Washington y hasta qué punto necesitaba desarrollar capacidades propias.
La evolución posterior demostraría que la alianza transatlántica podía mantenerse incluso en medio de desacuerdos importantes.
Pero mientras Estados Unidos redefinía sus alianzas y destinaba enormes recursos a la guerra contra el terrorismo, el equilibrio internacional también comenzaba a modificarse.
Un orden internacional en transformación
Para el director del CISAN, el 11-S también marcó el inicio o aceleró algunas de las tensiones que, aunque apenas comenzaban a hacerse visibles en aquel momento, continúan presentes en la actualidad.
En un primer momento, los atentados fortalecieron la posición de Estados Unidos. Washington disponía de una superioridad militar sin precedentes y parecía capaz de imponer unilateralmente su agenda internacional.
Sin embargo, mientras Estados Unidos concentraba enormes recursos políticos, militares y económicos en sus guerras, otros actores comenzaban a adquirir mayor peso en el escenario internacional.
China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001, apenas unos meses después de los atentados. Su crecimiento económico y su creciente influencia internacional contribuirían durante las décadas siguientes a modificar el equilibrio mundial y a cuestionar, de manera progresiva, la primacía estadounidense.
El ascenso chino no fue consecuencia directa del 11-S y respondía a procesos económicos y políticos que ya estaban en marcha. Pero su consolidación coincidió con un periodo en el que Washington concentró buena parte de sus recursos en las guerras de Afganistán e Irak.
Así, el periodo que inicialmente parecía confirmar la hegemonía unipolar de Estados Unidos terminó coincidiendo también con una etapa de desgaste relativo de esa posición. Las guerras prolongadas, el costo económico del intervencionismo y el deterioro de la reputación internacional de Washington redujeron progresivamente su capacidad para presentarse como líder indiscutido de un orden liberal global.
Pero detrás de las leyes, las guerras y los cambios en el equilibrio internacional quedó otra dimensión menos visible y, al mismo tiempo, más persistente: la emocional.
La dimensión emocional del 11-S
Reducir el legado del 11-S a sus consecuencias geopolíticas sería dejar fuera una dimensión fundamental. El atentado produjo miedo, pero también ira y deseo de venganza. Esas emociones ayudaron a crear el clima social que hizo posible aceptar decisiones extraordinarias y otorgar al Estado mayores facultades en nombre de la seguridad.
El impacto psicológico tampoco quedó limitado a Estados Unidos. En el libro One Wound for Another / Una herida por otra: Testimonios de Latin@s in the U.S. through Cyberspace (11 de septiembre de 2001-11 de marzo de 2002), editado por el CISAN, está documentado cómo los atentados generaron experiencias de pérdida, duelo, desplazamiento y trauma que trascendieron fronteras y dieron lugar a nuevas narrativas sobre aquel acontecimiento.
Con el paso de los años, aquella lógica trascendió la amenaza terrorista original. La seguridad comenzó a entrelazarse con debates sobre migración, fronteras, identidad nacional, élites políticas y enemigos internos.
Por eso, el legado del 11-S no puede medirse únicamente por las guerras que desencadenó, las leyes que impulsó o las instituciones que transformó. También debe medirse por las ideas y emociones que ayudó a instalar y que, 25 años después, continúan presentes en el debate político.
Aquel día ya no es solamente un acontecimiento que pertenece al pasado. Es uno de los puntos de partida para entender el mundo que habitamos: un mundo en el que la seguridad adquirió un peso central, las fronteras se volvieron más políticas, las alianzas más complejas y la percepción del enemigo más amplia. Ese es, quizá, el mundo que heredamos aquel día y cuya huella todavía permanece.



